Realismo capitalista ¿No hay alternativa?

 Realismo capitalista ¿No hay alternativa?


Juan López Páez 


“El capital ha convertido el valor personal en valor de cambio y ha sustituido un sinfín de libertades inalienables y particulares por una sola libertad espeluznante: la libertad de comercio”.

K.Marx

El ensayista británico Mark Fisher (1968-2017) actualizó la teoría marxista para el siglo XXI, explorando cómo el capitalismo tardío y el neoliberalismo han colonizado nuestra individualidad y nuestra capacidad de realizar alternativas . 

Hacia fines de 2009 publica en el Reino Unido “Realismo capitalista ¿No hay alternativa?” que escribe con las secuelas de la crisis económica de 2008 todavía frescas entre ellas, el masivo rescate por parte de los Estados del sistema bancario. Su libro rezuma el malestar y la rebeldía ante un escenario de cierre sistémico en el que el fin de la historia que Francis Fukuyama festejaba después de la caída del Muro de Berlín nos condujo a la asunción generalizada de que no hay alternativa posible al capitalismo tras la caída de la URSS. Este cierre secuestra la esperanza misma, la dificultad para imaginar un nuevo escenario cultural y sociopolítico. El eco del viejo y conocido eslogan de Margaret Thatcher, «There Is No Alternative» [No hay alternativa], situó al liberalismo económico, y con ello al libre comercio y la desregulación del mercado, como el mejor y único modo para el desarrollo de las sociedades contemporáneas.

Fisher conecta directamente el capitalismo con la crisis de salud mental, no como individual, sino como un síntoma colectivo de un sistema que fomenta la precariedad y la alienación. Sostiene que el capitalismo individualiza el malestar, haciendo que las personas sientan que son ellas quienes fallan, en lugar de cuestionar al sistema socioeconómico.

Demuestra de qué manera el realismo capitalista filtra todas las áreas de la experiencia contemporánea, cubriendo el horizonte de lo pensable y obturando la capacidad de  imaginar un nuevo escenario cultural y sociopolítico. El neoliberalismo se impone no solo como sistema económico, sino como una forma de vida que ha colonizado la imaginación del futuro.

Relacionado con su experiencia profesional como profesor de secundaria, Fisher vincula la educación y la salud mental analizando su ineludible interrelación. Define con precisión las patologías de los desórdenes de hiperactividad juvenil dentro del capitalismo en relación con lo compulsivo de la cultura de consumo. Lo que desde el punto de vista médico se llama dislexia se transforma en poslexia —describe la capacidad actual de procesar e interactuar con información a través de imágenes y estímulos visuales, eliminando la necesidad de leer textos largos—. La cultura del consumo fragmenta la atención, reemplazando la lectura por estímulos visuales y delegando la acción en el entretenimiento. Este fenómeno reduce el lenguaje a mensajes simples y directos—, la capacidad para procesar la densidad de imagen del capital es infinitamente superior a la necesidad de leer. 

En el adolescente actual existe: por un lado: una individualidad posliteraria —la posliteralidad es el término que describe una actitud en la que el sentido literal de las cosas ha perdido su valor absoluto o su capacidad de asombro—.

Y por otro una interpasividad — fenómeno en el que delegamos nuestras emociones o acciones en objetos u otras personas— centrada en la inhabilidad para hacer cualquier cosa que no sea perseguir el placer y la gratificación inmediata. Escribe Fisher: “La consecuencia de esta adicción a la matrix del entretenimiento es una interpasividad agitada y espasmódica, acompañada de una incapacidad general para concentrarse o hacer foco. Los estudiantes no pueden conectar su falta de foco en el presente con su fracaso en el futuro; no pueden sintetizar el tiempo en alguna especie de narrativa coherente”



La poslexia y la hedonia depresiva son dos conceptos que relacionan la educación con la tecnología y los problemas de aprendizaje. Fisher captura esta paradoja neoliberal de la felicidad a partir de lo que él denomina la hedonia depresiva, que describe la incapacidad de hacer otra cosa que no sea buscar placer. A diferencia de la anhedonia (ausencia de placer), es una adicción a la estimulación constante para evitar el vacío, la ansiedad y el aburrimiento crónico.

Si la depresión se caracteriza habitualmente como un estado de ausencia de placer, la condición a la que nos aboca el capitalismo es una filosofía de la existencia de tipo empresarial, centrándose en los resultados visibles externamente y el intercambio de bienes concluye que todo tendría que ser gestionado como si fuera un negocio, incluyendo los campos de la educación y la salud.

A ello se opone la ontología marxista (o del ser social) que estudia la realidad basándose en el materialismo histórico y la dialéctica. Sostiene que la sociedad no es un ente estático, sino un proceso histórico en constante cambio, donde las relaciones materiales y económicas determinan la existencia y la conciencia humana. El marxismo lo que aporta es el reconocimiento de que la existencia humana está condicionada por la estructura económica de la sociedad. La libertad no es abstracta: está limitada por las condiciones de clase y los medios de producción.


Reafirmar la Conciencia de Clase.

Fisher señala que: “el rechazo del identitarismo solo puede lograrse mediante la reafirmación de la clase. Una izquierda que no tenga la clase como eje central no puede ser más que un grupo de presión liberal.”

La conciencia de clase es siempre doble: implica un conocimiento simultáneo de cómo la clase enmarca y moldea toda experiencia, y un conocimiento de la posición particular que ocupamos en la estructura de clases. La única salida es reconocer cómo la estructura de clase moldea nuestra experiencia para construir un mundo nuevo. 

Hay que recordar que el objetivo de nuestra lucha no es el reconocimiento por parte de la burguesía, ni siquiera la destrucción de la burguesía misma. Es la estructura de clases —una estructura que perjudica a todos, incluso a quienes se benefician materialmente de ella— la que debe ser destruida.

Los intereses de la clase trabajadora son los intereses de todos; los intereses de la burguesía son los intereses del capital. Nuestra lucha debe orientarse hacia la construcción de un mundo nuevo y sorprendente, no hacia la preservación de identidades moldeadas y distorsionadas por el capital” sentencia Fisher.


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